Platón, filósofo griego: “La mayor riqueza es vivir contento con poco”
- Aldemar Molano Carvajal

- 5 ene
- 7 Min. de lectura


El pensador defendió la moderación y el autoconocimiento como el camino hacia una vida plena, lejos de la obsesión por el poder y el dinero.
En un mundo donde el deseo de tener más parece no tener límites, Platón dejó una frase que sigue resonando con fuerza: “La mayor riqueza es vivir contento con poco”. Lejos de ser una simple consigna, esta idea atraviesa todo su pensamiento ético y político, y se convirtió en una de las máximas más citadas de la filosofía occidental.
El discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, invitó a mirar hacia adentro y encontrar en lo simple la verdadera abundancia. Para Platón, la felicidad no se encontraba en acumular riquezas, poder o placeres, sino en aprender a necesitar poco y vivir en armonía con uno mismo.
La felicidad según Platón: menos es más
Platón vivió en la Atenas del siglo IV a.C., pero su mensaje es tan contracultural hoy como lo fue en su época. En obras como La República, Fedón y Gorgias, el filósofo analizó los caminos que llevan a una vida verdaderamente buena. Su conclusión fue clara: la verdadera riqueza no está en tenerlo todo, sino en necesitar poco.
Para Platón, el objetivo de la vida humana era alcanzar la eudaimonía, una felicidad suprema que no tiene nada que ver con el placer superficial. La misma es el fruto de una vida virtuosa, guiada por la razón, la moderación y el conocimiento del bien.

En La República, Platón presentó su famosa teoría de las tres partes del alma: la racional, la irascible y la que se deja llevar por los deseos y placeres físicos. El alma justa es aquella en la que la razón gobierna sobre los impulsos y las emociones, al lograr un equilibrio interior que, para el filósofo, es la clave de la verdadera felicidad.
Moderación y autoconocimiento: el arte de saber cuándo es suficiente
Vivir con pocas cosas no es, para Platón, una renuncia trágica, sino una liberación consciente. Quien domina sus deseos y no está a merced de las pasiones ni de la presión social, puede vivir en paz consigo mismo.
La moderación (o sofrosina) es una de las virtudes centrales de la ética platónica. Se trata de una sabiduría práctica: saber cuándo es suficiente y cuándo decir “no”. Este camino requiere autoconocimiento, reflexión y un carácter bien formado. La educación, para Platón, no consiste en llenar el alma de información, sino en “darle la vuelta”, como un girasol que busca la luz del Sol.
En palabras de Aristóteles, la virtud se encuentra en el punto medio entre el exceso y el defecto. Así, la moderación no implica negar el placer, sino disfrutarlo en su justa medida.
La alegoría de la caverna: salir de la ilusión para encontrar lo esencial
Una de las imágenes más potentes que dejó Platón es la alegoría de la caverna, en el libro VII de La República. Allí, los seres humanos aparecen encadenados desde el nacimiento, viendo solo sombras proyectadas en una pared. Creen que esas sombras son la realidad, pero en verdad están atrapados en una ilusión.
Salir de la caverna —educarse, filosofar, buscar la verdad— es doloroso, pero esencial. Implica dejar atrás los placeres fáciles y los bienes aparentes para llegar al conocimiento del bien, la verdad y la belleza.
Desde esta perspectiva, vivir contento con poco no es resignarse, sino un acto de sabiduría. Es el resultado de haber salido de la caverna y haber entendido que el oro, el prestigio o la fama no son lo que sacia el alma. Platón animó a mirar más allá de las distracciones del mundo material y adentrarse en el reino de las ideas, donde está la sede del verdadero conocimiento.
Lo que realmente importa no se compra con dinero

Para Platón, la verdadera riqueza está en lo que no se puede comprar: la familia, los amigos, la salud, el amor. Nada de esto tiene precio. El filósofo defendió que solo quien aprende a valorar lo esencial y a vivir con moderación puede alcanzar la paz interior y la felicidad duradera.
En tiempos donde el “tener más” parece ser la meta, la lección de Platón sigue vigente: la mayor riqueza es vivir contento con poco. Un pensamiento que resuena con distintos filósofos contemporáneos, quienes cuestiones ciertos hábitos de la sociedad actual e invitan a enriquecer la vida interior.
‘Running’ con Platón
Ahora se corre para tener mejor salud física y mental o para prepararse para participar en competiciones lúdicas. Los pensadores griegos creían que había que encontrar un equilibrio entre lo físico y lo espiritual.

Es habitual cruzárselos en las calles, en los parques o, si se vive en algún lugar con mar, en el paseo marítimo en el que se ha hecho un camino asfaltado para paseantes. Son los runners, que se lanzan a correr llueva, haga sol o se hayan desplomado hasta cifras de impacto las temperaturas. Se han entregado a una de las pasiones de la vida moderna, bautizada ya de forma global con el anglicismo running y difícilmente entendida para quienes observan desde fuera.
Según el Runnómetro 2025 de Runnea, el retrato robot del runner en España es el de un hombre (todavía es un mundo muy masculino, aunque aumenta cada año el número de corredoras) de entre 35 y 44 años. Correr está ganando terreno entre los de 18 a 24, porque lo ven como una buena idea para mantenerse activos y cuidar la salud física y mental. No se sabe cuántos runners hay en el mundo, porque no es fácil extraer estadísticas de algo que se hace como hobby y de forma personal. Sin embargo, algunos cálculos estiman que hay unos 600 millones de corredores a nivel global, que alimentan una industria multimillonaria.
Corremos para mejorar la salud física y mental, pero también por razones lúdicas o de superación
Pero ¿por qué se corre realmente? Los estudios de mercado coindicen en indicar que se busca la mejora de la salud física (ese «estar en forma») y mental (muchas personas en sus muestreos hablan de querer reducir los niveles de estrés), pero también elementos lúdicos o de superación, como participar en carreras. Ese fue el punto de partida para la escritora Andrea Marcolongo, experta en la Antigua Grecia y que, un día, decidió correr una maratón.
No una cualquiera, sino la que hoy une Maratón y Atenas recordando a aquella que le dio nombre. En esa pregunta sobre qué lleva a la gente a correr, la experta acabó volviéndose hacia los pensadores griegos. Al fin y al cabo, de Grecia viene su prueba reina. ¿Pueden los filósofos de la Antigua Grecia dar las claves para comprender qué se espera de todas esas carreras?

Mientras corría, escribía. El resultado es El arte de correr (Taurus), que habla de la Antigua Grecia, pero también del mundo contemporáneo. Marcolongo se enfrentó a la paradoja de que «en una época que ha convertido la dejadez y la velocidad en un valor, el esfuerzo y la constancia requeridos por la preparación siguen siendo ineludibles y un obstáculo que no se puede sortear para alcanzar un objetivo». Todavía debes practicar cada día y durante un tiempo prudencial antes de lanzarte a correr los 42,195 kilómetros de una maratón.
Platón no escribió sobre running, aunque sí aseguró «que el deporte es el mejor “vehículo para el espíritu”», pero los pensadores griegos tenían opiniones sobre las prácticas deportivas y las valoraban. Marcolongo los fue siguiendo y, sobre todo, echó mano de Filóstrato de Atenas, el pensador griego que sí escribió a libro completo sobre deportes en su Perì gymnastikès. Lo hizo, eso sí, ya en la época romana, en 170 d. C. Quizás por eso no sorprende que, como cuenta Marcolongo, concluyera que «el principio del fin había que localizarlo en la flojera de los músculos de los griegos que eran contemporáneos suyos, espejo perfecto de sus pensamientos fútiles y fofos». La edad dorada de la Antigua Grecia se había apagado en medio de gente que no hacía deporte.
En la Edad Antigua no se usaban apps para guardar rutas, pero sí se corría. Se corría por competición, donde lo importante no era medir los tiempos, sino ser el primero. En Egipto «existía una ley según la cual el que llegara segundo en una competición tras haber sido proclamado ya vencedor la vez anterior era merecedor de la pena de muerte». La antigua Grecia tenía sus Olimpiadas y otras competiciones (como las de Hera, para mujeres).
Platón habla de la educación intelectual y la física como las dos artes que posibilitan «un ajuste armonioso»
Además, se veía la importancia del movimiento aplicada a otras cuestiones. Con un criterio belicista, se veía el deporte como algo conectado con la preparación de la guerra. Filóstrato creía que esos contemporáneos suyos «se habían vuelto perezosos a falta de campañas militares como las de la época gloriosa de Aquiles y Héctor».
Pero también se entendía la propia importancia del cuerpo que no era, como explica la investigadora, solo un contenedor del alma como se ha asumido en los últimos dos mil años. Platón, en República y poniéndolo en boca de Sócrates, habla de la educación intelectual y la física como las dos artes que han dado los dioses al ser humano y que posibilitan «un ajuste armonioso». En cierto modo, todo esto entronca con la corriente ilustrada. Marcolongo recuerda como la Revolución Francesa puso en valor la educación física dentro de la formación que se daba a los niños, porque «solo un pueblo sano y robusto, no ya enclenque y hambriento, puede aspirar a la emancipación completa».
Volviendo a la antigua Grecia, Marcolongo explica que «el primer liceo de la historia», establecido por Aristóteles cerca del santuario Apolo Licio, era «peripatético, porque preveía largas discusiones filosóficas en movimiento». Estudiantes y profesores caminaban y caminaban mientras trataban los temas.

En cierto modo, todas estas cuestiones tienen un cierto eco en el modo en el que quienes corren ven ahora mismo al running. «El acto de correr tiene para mí algo que ver con mi terror a envejecer», reconoce Marcolongo, pero la carrera también le permite sentirse viva y conocerse mejor. Es una suerte de mindfulness (por existir existen ya corrientes que hacen meditación corriendo).
Lo curioso es que el running moderno no tiene tanto que ver con el equilibrio de Platón o las recomendaciones de Filóstrato (que estaba convencido de que cuando hacías deporte comías mejor), sino del movimiento hippie de los años 60. Fue en esa década cuando aparecieron los primeros corredores, a los que se tomaba por un tanto locos. Correr se vinculaba a la contracultura. «El running se convirtió de hecho en una pretensión de emancipación capaz de condensar tanto el movimiento ecologista como el feminista», escribe Marcolongo.










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