LA REALIDAD QUE SIENTE UN MIGRANTE EN SU CORAZÓN
- Alcides Van Lewin

- hace 1 día
- 3 min de lectura


Cuando mencionamos la palabra viajar, pensamos en tantas cosas nuevas, interesantes y hermosas, pero viajar no siempre es ilusión, entusiasmo; a veces es desarraigarse, es enlistarse a enfrentar lo desconocido abrigándose con la fe y esperanza de que todo saldrá bien y volverás a reencontrarte en algún momento con aquellos que dejarás atrás, mostrándoles una sonrisa para cubrir tus lágrimas. Las distintas situaciones en la vida de una persona le pueden empujar a tomar una de las decisiones más difíciles para un ser humano y le demarcará su nuevo horizonte diario, pues hay decisiones que, una vez tomadas, ya no pertenecerán al presente.
Convertirse en migrante no es solo cruzar una frontera, sino aprender a vivir con una ausencia que no se termina de nombrar; al principio todo parece posible. El nuevo país tiene luces distintas, paisajes diferentes, calles que no conocen tu historia y personas que te miran como si fueras una página en blanco, pero pronto llega el ruido más difícil: el de la soledad cuando ya no es ocasional, sino diaria, esa soledad que no grita, pero se sienta contigo en la mesa, te acompaña al trabajo y te sigue incluso cuando te acuestas y apagas la luz; es esa soledad que te acaricia tanto que llega a asfixiarte con nudos en la garganta junto a recuerdos revestidos de desesperanzas y agonías del día a día. Es entonces donde el silencio crece, no el silencio externo, sino ese interno que aparece cuando te das cuenta de que nadie sabe exactamente quién eras antes de llegar ahí.

También hay días en los que el idioma se convierte en una pared invisible; se aprende a pedir comida, con gestos básicos, a responder preguntas simples, a sobrevivir con frases cortas. Las noches son largas para quien migra, el teléfono se vuelve un puente frágil entre ese mundo nuevo y extraño y ese hogar que dejaste: una videollamada que dura poco porque el tiempo duele, porque ver a los tuyos en una pantalla no es lo mismo que tocarlos; a veces se ríen, a veces preguntan si estás bien, se responde que sí, porque decir la verdad completa sería abrir una herida que no hay cómo cerrar a miles de kilómetros.
Los días transcurren y, entre esos días repetidos, aparece otra ausencia, más silenciosa aún: la del amor; no solo el amor por hijos, padres, hermanos y personas queridas, sino también por la posibilidad de construir un amor romántico. Porque cuando se migra, el corazón también entra en modo supervivencia, se protege, se guarda, aprende a no esperar demasiado; porque esperar, en tierra ajena, puede doler más que la propia soledad. Ver a otros enamorarse en el idioma que uno todavía está aprendiendo es una forma extraña de nostalgia; no es envidia exactamente, sino la sensación de mirar y observar una vida que no te pertenece del todo. Como si el amor fuera algo que siempre está ocurriendo un poco más allá de tu alcance, detrás de una puerta que todavía no sabes abrir y que en muchos casos nunca lo hará.
Sin embargo, en medio de todo eso, hay una resistencia silenciosa. El migrante aprende a reconstruirse con lo que tiene a mano: nuevos conocidos que también llegaron sin raíces, pequeños logros que nadie te celebra en casa, y la capacidad de levantarse incluso cuando nadie lo está viendo, sin embargo, aun así, hay días en los que el peso de no tener un “lugar propio” se siente como una piedra en el pecho. Días en los que se daría cualquier cosa por una comida familiar, por una risa conocida, por alguien que no tenga que preguntarte de dónde eres para entenderte, días en los que se anhela sentarse frente a tus padres, hijos o hermanos y atesorar ese compartir; es ahí donde la migración muestra su cara más humana: no la del éxito ni la superación inmediata, sino la de la espera. La espera de sentirse completo otra vez. La espera de un hogar que ya no es el que dejaste, pero que tampoco termina de ser el nuevo, porque el migrante vive entre dos mundos: uno que ya no lo tiene y otro que aún no lo termina de aceptar y, en ese espacio intermedio, aprende a sobrevivir con una mezcla de nostalgia y esperanza que nunca se apaga del todo.

Quizás algún día encuentre ese equilibrio. Quizás no. Pero mientras tanto, sigue caminando. Con la maleta más liviana, pero con el corazón más lleno de historias que nadie ve y de silencios que solo él aprendió a escuchar en soledad.









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