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Apocalipsis Show

Foto del escritor: Jorge Acosta
Jorge Acosta
hace 1 hora
17 min de lectura

Las revistas Actualidad Global Internacional, el Extra de los Estados Unidos, Foco & Destaque de São Paulo, Brasil, y el programa radial "Tertulia Entre Amigos" de la productora y presentadora Thais Aguilar en Radio Costa Rica felicitan al periodista y empresario Roberto Trobajo Hernández por el lanzamiento de su cuento, "Apocalipsis Show". Excelente cuento, felicitaciones.


El Dorado fue una capital latinoamericana, pero después de las guerras del agua se extendió por el mundo como un virus de confort. Donde llegaba, la gente dejaba de preguntar. El progreso se disfrazaba de fiesta y el deseo se volvía uniforme: las mismas marcas, a la misma hora, con la misma sonrisa. El agua costaba más que la cerveza y nadie se extrañaba. Ese era el primer milagro. El segundo, que todos pagaban con gusto. El tercero, que el espejo ya no devolvía caras, solo credenciales.


Llegué creyendo que era por un tiempo. Me ofrecieron el último piso, la vista limpia, la mujer que me miraba como si fuera estrella, los premios, el futuro empaquetado. Acepté. En El Dorado se aceptaba todo. Hasta que un día, sin discurso ni pancarta, dije la palabra de dos letras que rompía el hechizo: no.

 

El crepúsculo de las ideas y la carne

El despacho del director olía a aire acondicionado y cuero nuevo. No era un olor: era una coartada. En El Dorado todos los lugares donde se decidían cosas importantes olían igual: a frío artificial y a piel que nunca había tocado un animal.

En la pantalla, el spot del Festival Sexual moría en un fundido a negro. Luces, cuerpos, el beat sordo de siempre. Yo había escrito el eslogan: «La libertad de gozar». Cuando lo vi apagarse, sentí que algo mío se apagaba con él.

Nadie habló. El silencio que queda después de una mentira bien dicha. Jair se levantó como pinchado y apagó el televisor.

—¿Y bien? —le dijo a Geobel, con esa sonrisa de perro que quiere hueso.

Geobel ni lo miró. Seguía tirado en el sofá, piernas cruzadas. Tenía en la postura toda la teología del poder: no necesitaba levantarse para dominar.

—Genial —dijo. Una palabra corta que en El Dorado significaba «lo compro, pero recuerden quién paga».

Jair exhaló. Se le desinflaron los hombros.

—Cristian —me buscó con la mirada—. Tu turno.

Yo no me había movido. Sentía el cuero pegado a la espalda y un zumbido leve en los oídos.

—Brutal —solté. Algo que puede sonar a bueno o a malo. Dejé que ellos eligieran. Geobel me miró por única vez. Sonrió. Le gustaba cuando me ponía así, al borde.

—Esa era la idea, creativo estrella. Jair intentó cerrar la venta.


—A Publicitar le encanta complacerlos. Dígale a la señora Gloria que estamos cien por ciento comprometidos.

—Le diré todo —contestó Geobel, sin apartar los ojos de mí—. Cada detalle. Ahí entendí el juego. No había venido a ver un spot. Había venido a pesarme.

—Esto no es un festival —dije—. Es otra cosa.

El aire se hizo más frío. Geobel se levantó, le puso una mano en el hombro a Jair

—la palmada del amigo que en El Dorado significa que ya no eres amigo, eres empleado— y habló bajo:

—Primera regla del mercado: quien paga, manda. A tu chico se le está olvidando. Me miró.

—Mucho romanticismo, Cristian.

En El Dorado llamar romántico a alguien es la forma más elegante de decirle idiota.

—Si el amor hoy suena a ciencia ficción —contesté—, es por gente como ustedes.

Agarré la chaqueta cara que me había comprado para darme aires de director y me fui. En la calle el atardecer golpeaba los vidrios como sangre. Por primera vez en años ese rojo no me dio ansiedad. Me dio paz.

 

El trono de la Bestia

Ya no estaba ahí para verlo, pero Jair me lo contó después, la noche antes de que lo

«volaran». Me habló con la voz de quien ya sabe que lo van a liquidar.

La mansión de Gloria no estaba en El Dorado: estaba por encima. Cristal y mármol blanco en la cima del cerro más alto. Desde allí la ciudad parecía una maqueta que se podía apagar con un interruptor.

Geobel entró. Ella ya tenía dos copas servidas. Vino tinto. Caro. Nunca bebía otra cosa. El vino en El Dorado era dogma: los de abajo bebían cerveza porque hacía olvidar rápido; los de arriba bebían vino porque les recordaba que estaban por encima.

—Publicitar se nos complicó —dijo Geobel, sin sentarse. En la casa de Gloria nadie se sentaba sin permiso.

Gloria no se volteó. Seguía mirando la ciudad como quien observa un ganado que se engorda.

—¿Cristian?

—Cristian —confirmó Geobel—. Dijo que el spot era una mierda. Delante de Jair. Gloria sonrió. Fue una sonrisa corta, de filo.


—¿Y Jair?

—Hizo lo que hace Jair: rogar.

Gloria tomó su copa. Bebió un sorbo lento, como quien bebe tiempo.

—Jair me sirve mientras tenga miedo. Pero si no puede controlar a un chico de veintiocho años, no me sirve.

Se levantó, caminó hasta el escritorio, abrió la carpeta de Publicitar y la cerró sin leer. Ya sabía lo que valía y lo poco que le costaría romperla.

—Cada agencia depende de mi festival. Si un creativo dice que no y yo lo dejo pasar, mañana serán miles.

—¿Quiere que lo apriete?

—Quiero que lo rompas. No lo amenaces. Las amenazas avisan. Yo no aviso: rompo. Quiero que entienda que afuera no habrá nada para él. Que ninguna agencia lo va a contratar. Que ninguna mujer va a querer estar con un marcado. ¿Me explico?

Geobel asintió. El lenguaje de Gloria no llevaba adjetivos: llevaba verbos. Romper. Borrar. Cerrar.

—¿Y si no se doblega?

Gloria cerró la carpeta con la suavidad con que se cierra un ataúd.

—Todo el mundo se dobla. La diferencia es cuánto tarda. A este me lo traes de rodillas antes del festival. O a Jair lo sacas de la agencia. Tú decides cómo.

Abajo, en mi oficina, yo todavía creía que había renunciado. No entendía que en El Dorado no se renuncia. Te echan o te entierran. Esa noche dormí con la conciencia tranquila. Gloria no durmió. El poder no duerme.

 

La Renuncia

Al día siguiente volví a Publicitar a recoger mis cosas. Jair me esperaba en su despacho. Tenía la camisa por fuera y las ojeras marcadas. Cerró la puerta en cuanto entré.

—¿Estás loco? —dijo, sin gritar. Peor: con la voz baja de quien está a punto de perderlo todo—. Me llamaron anoche. Gloria y Geobel. Si no te controlo, me quitan la agencia. Veinte años, Cristian.

—No vine a discutir.

—¡Sí viniste a discutir! Tú te puedes dar lujos. Yo tengo nómina. Dos hijas en la universidad. Yo te di todo aquí.

—Me diste trabajo. No me compraste.


Se me quedó mirando. Le temblaba la mano. No de ira: de duelo. En El Dorado, cuando alguien dice que no, le hacen duelo.

—¿Qué quieres? ¿Más plata? Te subo el sueldo. ¿La dirección creativa? Tuya. Solo deja de joder con el festival.

—No es plata. Es que no puedo vender eso.

—¡Por qué! ¿Por qué vas al Vagina Dorada a drenar el estrés y ahí sí no tienes moral? No te hagas el santo. Te conozco.

Eso dolió porque era una verdad a medias. Yo iba. Todos íbamos. Era la forma que tenía El Dorado de callarte la boca: te daban placer para que no preguntaras por la libertad.

—Hasta ayer eras mi jefe y mi amigo —le dije—. Hoy solo eres el intermediario de Gloria. No quiero trabajar para ella.

Cogí mis cosas: un par de libros y un cuaderno. Jair se puso delante de la puerta.

—Si cruzas esa puerta, no vuelves. Te cierran todas las puertas. Gloria es dueña de todo. Te vas a morir de hambre.

—Prefiero morir de hambre, pero digno.

Lo aparté con el hombro, suave. Ya se estaba cayendo solo. Cuando salí, toda la agencia me miró. Nadie dijo nada. Así se siente cuando te vuelves paria en un día: el silencio de los que saben que mañana podrían ser ellos. Afuera El Dorado olía a gasolina y fritanga. Por única ocasión en años el aire no olía a aire acondicionado. Olía a calle. A libertad.

 

Trampa de Miel

Me llamó Xelma, tarde en la noche. Llevaba días sin trabajo, durmiendo en un cuarto caluroso, viendo mi nombre desaparecer de los chats.

—¿Dónde estás?

—En ningún lado.

—Ven al Tecno. Necesito verte.

El Tecno era nuestro sitio. Antes del festival de Gloria. Cuando todavía hacíamos anuncios que parecían actos de amor y no de obediencia.

La encontré en un reservado, al fondo. Dos copas en la mesa. Ella ya había empezado la suya. Estaba más flaca, con esa mirada que pone cuando está filmando y no le gusta lo que ve.

—Te ves mal —le dije.

—Tú te ves peor. ¿Cuánto hace que no comes bien?


Me acercó una copa.

—Jair me contó lo que hiciste. Que renunciaste.

—Me echaron. No es lo mismo.

Se deslizó a mi lado. Olía a lo de siempre: a ese perfume caro que se compraba cuando cobrábamos un premio. El olor de cuando éramos felices. En El Dorado el perfume no camufla el sudor: tapa el miedo.

—Gloria me llamó también —dijo en voz baja—. Me dijo que te ofreciera un buen puesto. Que si te convenzo de volver, nos dan la campaña del festival a los dos. Mitad y mitad. Nos forramos y volamos de aquí.

Ahí entendí que no era una cita. Era un encargo. Gloria no mandaba soldados al principio: usaba a la gente que amas.

—¿Cuánto te pagan por eso? Se le cortó la respiración.

—No lo hago por plata. Es por miedo. Tú no sabes lo que es que te llame Gloria y te diga que si no lo haces, te borra.

Le cogí la mano. Estaba helada. Una mano fría en una discoteca caliente es la mejor metáfora de El Dorado: por fuera fiesta, por dentro hipotermia.

—¿Y qué le dijiste?

—Que sí. Que yo te conozco y sé cómo hacerte cambiar de idea. —Se quedó callada un segundo—. Baila conmigo. Si después decides que no, me voy y le digo que no pude.

La música estaba a todo volumen. Una luz roja nos partía la cara. Bailamos. Su cuerpo contra el mío. Es fácil olvidar cuando el cuerpo recuerda. Me susurró al oído:

—Vamos a mi casa y olvidemos a todos.

Nos fuimos. Su apartamento estaba a oscuras. No prendió la luz. Me besó antes de que cerrara la puerta. Fue desesperado, como si quisiera demostrar que todavía había algo real. Caímos en la cama. Esta vez no hubo golpes ni gritos. Fue lento. Nos reconocimos. Por un rato El Dorado no existió.

Después, cuando ya estábamos sudados y sin aliento, ella se quedó mirando el techo.

—¿Ves? Así podríamos estar siempre. Si aceptas. Gloria no es tan mala si le dices que sí.

Ahí volvió la trampa. Gloria metida en su garganta como una ventrílocua. Me vestí.

—No puedo, Xelma. Si acepto, me convierto en Jair.

Ella se tapó con la sábana y empezó a llorar. No como actriz: como niña asustada.


—Entonces te van a matar. Y a mí también.

En la calle los dos tipos que estaban en el Tecno me esperaban. Geobel no había mandado a Xelma solo para seducirme: la había mandado a marcarme. Me subieron a una camioneta negra.

 

Culpa y Veneno

Desperté sin saber dónde estaba. Tenía un tubo en la nariz y una venda en el ojo izquierdo. La luz blanca me dolía. Intenté moverme y sentí que me habían roto casi todas las costillas. En la puerta había un policía, no para cuidarme: para que no me escapara.

Una enfermera me dijo, sin mirarme:

—Te trajeron anoche. Dijeron que fue un atraco.

No me habían robado nada. Tenía la billetera en el bolsillo. En El Dorado la narrativa oficial siempre culpa a la delincuencia común. Así nada es política.

A mitad de la tarde llegó Xelma. Venía sin maquillaje, con los ojos hinchados. Se sentó junto a la cama.

—Jair me avisó. Dijeron que te habían cogido llegando a tu casa. No le contesté. Me dolía hablar y peor era mirarla.

—Cristian, yo no sabía que te iban a hacer esto. Pensé que solo te hablarían para asustarte…

La miré con el ojo bueno.

—¿Le diste mi dirección a Geobel?

Se quedó callada. Su silencio era una confesión.

—Xelma, ¿tú le diste mi dirección? Bajó la cabeza.

—Geobel me dijo que si no se la daba, me quitaban todo.

—Ya.

—Te juro que yo no…

—Vete. Por favor.

No gritamos. No hacía falta. Ella entendió y se fue. No lloró hasta que estuvo en el pasillo. La escuché desde la cama. Lloraba por culpa.

Minutos después entró Jair. Traía flores: su manera de decir que todavía era humano.

—¿Cómo estás, hijo?


—Bien.

—El médico dice que en una semana estás afuera. Si te portas bien.

—¿Quién ordenó esto?

Se sentó donde había estado Xelma. Miró al policía de la puerta.

—Con Gloria no se negocia. Te advertí. Esto es porque dijiste que no. En El Dorado nadie le dice que no a Gloria.

—¿Sabías que me iban a golpear? No contestó. Miró las flores.

—Tienes que irte de la ciudad cuando salgas. Aquí ya estás marcado. Te pusieron un chip. En el tobillo. No te lo vas a poder sacar solo.

Esa era una de las innovaciones de El Dorado: no se necesitan grilletes si puedes poner un grano de silicio bajo la piel y dejar que la inteligencia artificial rastree al que hay que cuidar.

—Intenté pararlos —dijo—. Te lo juro.

—Lo sé. Tienes miedo.

Cuando se fue me quedé solo con el pitido del cardiógrafo. Entendí que Xelma no me había traicionado por mala: me había traicionado porque tenía mucho miedo. La maldad elige. El miedo obedece. Esa es la diferencia entre Gloria y Xelma. Quienes obedecen por miedo merecen compasión, no odio.

También entendí que Geobel no me quería muerto todavía. Me quería marcado. Vivo, cojeando y con un chip, me convertía en un cartel ambulante que decía: «Miren lo que les pasa a los que dicen no». Muerto habría sido un mártir.

Esa noche soñé que estaba rodeado de perros con chips implantados. Todos le movían la cola a Gloria.

 

Asilo y Éxodo

Me llevaron al psiquiátrico. No porque estuviera loco. El hospital para «enfermos mentales» en El Dorado es donde encierran de por vida a los que le han dicho no a Gloria. El pabellón era blanco: paredes blancas, piso blanco, uniformes blancos. Un blanco que dolía en los ojos. Ahí meten a los que no pueden matar en público. A los que hacen ruido.

Todavía tenía la venda del hospital y el chip en el tobillo. Me pusieron en un rincón, sobre una colchoneta delgada. A mi lado había un viejo de barba blanca. Los demás le decían Reverendo, más por memoria que por título. Había sido pastor en uno de los barrios pobres del sur. Me dio de su sopa: un agua con una papa flotando.


—Come —me dijo—. Vas a necesitar fuerza.

—¿Por qué está aquí?

—Por decir lo que tú dijiste. Pero hace diez años. Yo tenía una iglesia chiquita. Dije que este festival era una mentira para tener a la gente ocupada mientras nos robaban el agua. Me quemaron la iglesia. A mi hija se la llevaron. Mi Liz… —se le aguaron los ojos—. Tenía quince años. Ahora debe tener unos veinticinco. Si está viva, debe estar trabajando para ellos.

Pasaron un par de días. El Reverendo me cuidó. Me contó que afuera había gente que todavía se acordaba de él. Que había un plan para sacarlo. Una noche me despertó.

—Cristian —me susurró—. ¿Crees en Dios?

—No mucho.

—Todavía creo. Pero sobre todo creo en mi hija. Ella jamás me olvidó. Liz me dijo que cuando viniera uno que le dijera no a Gloria, ese era el momento. ¿Tú le dijiste que no?

—Así es.

—Entonces tú nos vas a sacar de aquí. Me reí. No pude evitarlo.

—Reverendo, soy Cristian, publicista. No soy Jesucristo. Hago eslóganes, no milagros.

—No eres Jesucristo —dijo, muy serio—. Pero llevas días aguantando a Gloria. Para mis muchachos eres el que aparecía al final de los tiempos.

Alrededor nuestro otros internos nos miraban. Todos flacos, con las cabezas rapadas, pero con esa fe que solo tienen los que ya no tienen nada.

Antes de que pudiera contestarle se abrió la puerta del pabellón. No era la hora de la ronda. Era una mujer uniformada de mucama. Llevaba una cofia, una carpeta y unos guantes de látex. Pasó el lector biométrico con un dedo ajeno.

El Reverendo se levantó temblando.

—¿Liz?

Ella se quitó la cofia. Era igual a él: ojos negros y duros.

—Papá —dijo, y lo abrazó. Fue solo un segundo. Luego me miró—. ¿Tú eres Cristian?

—Sí.

—He oído hablar de ti. Tenemos poco tiempo. ¿Puedes caminar?

—Claro.

—Nos vamos los tres.


En ese instante entró un guardia. El Reverendo, sin dudarlo, gritó a los otros internos. No un «ayúdenme»: una orden tajante:

—¡Ahora!

Se le tiraron encima. No con armas: con las manos, con los dientes, como animales que vuelven a ser pueblo. Corrimos por un pasillo blanco. Detrás de nosotros oímos el siseo del sistema de gas. Lo activaban en caso de motín para «desinfectar». Pero no desinfectaban cuerpos: blanqueaban mentes.

No miré atrás. Si miraba, el miedo me paralizaba. Liz me agarraba del brazo. El Reverendo corría delante, pero de pronto se agarró el pecho y cayó. Un guardia le había disparado. Liz quiso volver.

—¡Papá!

El Reverendo levantó la mano.

—¡Huyan!

Fue lo último que dijo. Nada de «sálvenme» ni «vénguenme». Solo «escapen». En El Dorado todavía quedan padres capaces de sacrificarse por sus hijos.

Lo dejamos ahí, en un pasillo blanco que se manchaba de rojo. Salimos por la puerta de servicio. Afuera llovía y El Dorado olía a basura mojada. Liz me metió en un carro viejo que tenía escondido.

—¿A dónde vamos?

—Al único lugar donde no nos buscarán. Todavía.

 

Edén Desterrado

La casa de la abuela de Liz era un rancho de madera que se caía a pedazos, a pocas horas de El Dorado. Techo de zinc con huecos y un solo camastro de lona. Llegamos de noche. Liz prendió una vela. En la pared había una foto vieja: ella de niña, en brazos del Reverendo, y una señora mayor.

—Mi abuela Estela —dijo—. Aquí pasé todos los veranos hasta los quince. Se sentó en la cama. Estaba empapada de lluvia y de la sangre de su padre.

—¿Estás segura de que aquí no nos buscan?

—En esta zona no hay señal. No hay cámaras. Por un día estamos a salvo.

En El Dorado estar a salvo es vivir sin cobertura. Comunicados significa ser vigilados.

Me senté a su lado. No la toqué. Por única vez desde que la vi, Liz se quebró.


—Mamá murió cuando yo nací —dijo, mirando la foto—. Papá me crió con la abuela. Cuando Gloria llegó al poder, mi padre dijo en la iglesia que no había que ir a ese festival. Que era una trampa. A la semana vinieron… —No siguió. No hizo falta—. Geobel vino con una patrulla. Quemaron la casa con mi abuela adentro. A mí me llevaron. A papá lo metieron al manicomio. —No pronunció la palabra violación. No necesitaba decirla. Yo la entendí por la forma en que se abrazaba a sí misma. Hay abrazos que son armaduras—. Por eso entré a la mansión de Gloria. Me cambié el nombre. Me hice mucama. Cambiarse el nombre es matarse un poco para seguir viva. Hacerse mucama es volverse invisible, que es el poder de los oprimidos. Esperé durante años. Hasta que Geobel se confió.

—El dedo…

—Sí. Necesitaba su huella para sacar a papá. Era eso o nada. Maté a Geobel. Se hizo un silencio largo. Afuera solo se oía la lluvia sobre el zinc. Me miró.

—Desde aquella noche… no he podido estar con nadie. Cada vez que alguien me toca, el cuerpo se cierra. Recuerda lo que la cabeza quiere olvidar.

—Conmigo no tienes que hacer nada, Liz. No estás obligada a nada.

—Lo sé. Pero contigo quiero intentar no tener miedo. No porque te deba algo. Porque si no lo intento hoy, con alguien que también le dijo que no a ellos, siento que nunca voy a poder.

Nos quedamos mirándonos, sin tocarnos. La vela se consumía. Después de un rato fue ella la que buscó mi mano. Le di un beso en la frente. Luego en la boca. Suave. Preguntándole con los ojos si podía seguir. Ella asintió. Nos abrazamos. Nada más. El cuerpo pedía otra cosa: silencio, calor, no estar solo. Nos quedamos así, abrazados, hasta que el sueño nos ganó. Dos personas que ya no sabían si iban a amanecer.

Nos despertaron los perros. Liz se incorporó de golpe.

—¿Escuchas?

Se oían motores. Fulguraban muchas luces. Camionetas rodeaban el rancho. Corrí a la ventana. Eran la Generala Piedra y docenas de soldados. Liz me empujó hacia la puerta de atrás.

—El chip —dijo—. Te rastrearon. Tienes que irte por el monte.

—¿Y tú?

—A mí no me matan. Gloria me quiere viva. Le gusto. Vete.

—No te dejo.

—¡Vete, Cristian! ¡Tú eres al que tienen que escuchar allá afuera!

Me empujó con toda su fuerza. Salí por un hueco en la cerca del patio trasero, descalzo, corriendo entre el barro. Detrás de mí oí la puerta principal rompiéndose a


patadas y la voz de Gloria, que había llegado para supervisar la caza. Luego, un disparo seco.

No grité. Seguí corriendo. Si gritaba, me encontraban.

 

El Circo de la Bestia

No llegué muy lejos. El disparo en el tobillo me tumbó en el barro. Sentí botas encima, me esposaron y me pusieron una bolsa negra en la cabeza. Cuando me la quitaron estaba en el anfiteatro del festival.

Nunca había visto tanta gente junta. Miles en las gradas. En el centro, un foso de pasto sintético y cámaras por todos lados. Se transmitía en vivo para todo El Dorado. En el sitial de honor estaba Gloria, impecable, con una copa de vino blanco. A su lado, la Generala Piedra sonreía con frialdad. Había asumido el control total del aparato represivo tras la súbita desaparición de Geobel.

Me tiraron al centro del foso, descalzo, con la ropa rota, ensangrentado. Gloria cogió un micrófono. Su voz retumbó en los altavoces:

—Ciudadanos de El Dorado. Este es el tipejo que quería quitarles la libertad. El que decía que este festival era sucio. El que quería que volvieran a las iglesias sintiéndose culpables. Mírenlo bien.

La gente gritó. No sé si de odio o de morbo. En El Dorado ya nadie distingue.

—Hoy decidirán ustedes. ¿Qué hacemos con los que no quieren gozar?

Levantó un pulgar hacia abajo. La gente imitó el gesto. Miles de pulgares. Millones, porque en las casas también votaban a través de las pantallas. Entendí que me iban a matar en vivo para dar ejemplo.

La Generala Piedra bajó al foso y me miró.

—Di tus últimas palabras.

Me arrodillé. El tobillo sangraba. Busqué la lente de la cámara principal.

—Soy Cristian. Trabajé en Publicitar. Y esto no es un festival. Es un negocio. Nos robaron el agua y hacen este show para que no pregunten dónde está todo lo que les han quitado. No soy un enemigo. Si hoy me matan, habrá otro diciendo que no mañana.

Gloria hizo una seña, molesta, para que cortaran el audio. Pero ya era tarde. Un técnico joven, de los que habían sido becarios míos, desobedeció y dejó la cámara prendida unos segundos más. Fueron suficientes.


La Generala me pegó con la culata del rifle. Caí de lado. Lo último que vi no fue a Gloria, sino una pantalla gigante en la grada. En la pantalla estaba yo, enorme, con la boca sangrando, diciendo: «Va a haber otro». Luego unos soldados me llevaron a rastras.

No voy a describir lo que vino después. En el informe oficial dirán que durante un forcejeo morí por un paro cardíaco. En las calles van a decir otra cosa. Mientras me sacaban escuché algo que Gloria no esperaba: silencio. Miles de personas en absoluto silencio. Porque era la única vez en años que alguien decía algo que no estaba en el guion.

 

Después…

Gloria sigue gobernando El Dorado. El Festival Sexual fue un éxito de turismo. Publicitar tiene un nuevo director, uno de esos que dicen sí a todo. El rancho de la abuela Estela está quemado. No encontraron el cuerpo de Liz; oficialmente es una desaparecida, pero algunos dicen que la vieron saliendo del país con una memoria USB en la mano.

La USB tenía todo: los contratos del festival, videos de los sótanos de la Generala, el registro del chip que me pusieron y un audio de Gloria diciendo «traémelo de rodillas». Esa USB está en manos de un periodista. No sé si la va a publicar. En El Dorado los periodistas también tienen miedo.

Pero ayer, en una pared de Publicitar, alguien escribió con marcador negro: YO TAMBIÉN DIGO NO. Y abajo, con otra letra: YO TAMBIÉN. Y muchas más. La pared estaba llena.

Yo morí. Aunque… no sé.

 

Coda

EXPEDIENTE 666 DE LA DIRECCIÓN DE INTELIGENCIA DE EL DORADO

ASUNTO: Material recuperado en la antigua residencia de la hoy occisa Gloria Matrona.

Nota de contexto: Este archivo fue desclasificado tras la caída del antiguo régimen. De la caja fuerte de la mansión se recuperaron tres objetos:

1. Un chip de rastreo subdérmico, modelo G-2, todavía activo: tenía grabadas las coordenadas del rancho de la abuela Estela y 47 horas de audios.

2. Una memoria USB negra, marca genérica, con una etiqueta escrita a mano donde se lee: «Para cuando no quede nadie». Contenido: 12 videos de torturas en el psiquiátrico; contratos firmados entre Publicitar y la Presidencia por miles de millones; un video de 5 segundos donde se ve a


Cristian diciendo «va a haber otro». Ese video nunca salió al aire. Fue borrado del máster oficial, pero quedó en esta copia privada que la mandataria conservaba como trofeo.

3. Un cuaderno de tapa de cuero, perteneciente a Liz, hija del Reverendo. Última redacción, fechada el día después del asalto al rancho de la abuela; transcripción literal:

«Si estás leyendo esto, Cristian, es porque no lo logramos. Me van a matar hoy o mañana. Gloria me dijo ayer: “Tú me gustas demasiado para matarte, pero me gustas más callada”. No me arrepiento de nada. De haber entrado a su casa. De haber matado a Geobel. De haberte sacado del manicomio. Quiero que sepas una cosa: esa noche en la casa de mi abuela solo quisimos no estar solos. Un beso. Un abrazo. El sueño. Por única ocasión en años me sentí persona otra vez. Si sales, no vengas a buscarme. Vete. Publica esto. Que en El Dorado sepan que no todos dijimos que sí. — Liz».


NOTA DEL INVESTIGADOR:

El cuaderno fue entregado a la prensa mundial por una fuente anónima que se hace llamar

«Xelma», quien actualmente se encuentra bajo el programa internacional de protección de testigos. Declara en sus actas que Gloria ordenó el saneamiento de Cristian porque «un hombre que dice que no es más peligroso que miles diciendo que sí».


El chip G2 sigue emitiendo una señal residual desde los escombros del anfiteatro donde se

celebró el festival. Es imposible desactivar la frecuencia de onda.


FIN DEL EXPEDIENTE.



 
 
 

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Tremenda Historia

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Impresionante Cuento

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